Pasan los días, o
nos pasan; mientras,
vamos, en tránsito, de un vuelo a otro, que nos
deja sólo un poco más allá. Nada son
en esa inmensidad de nebulosas y galaxias
unos quilómetros nuestros. Llegamos al fin,
también de paso, sin que arribe nunca al pleno
el yo y el hay, espacios tan sólo en apariencia
distintos, cambios de lugar. Diríase
que nos trasiega siempre el mismo día, y que no es,
lo afuera, vergel ninguno de Edén. Quizás
sólo sumergirnos en el dentro mar
de olas y sales vivas, dejarnos nutrir por sus aguas,
deviniera al fin sustantivado puerto,
aun si el verbo no pueda reposarse en él y asalten,
los monstruos, con alevosía, el soñar del que duerme
y el del que vela. La elasticidad de quien con nombre vive,
no da de sí, a menudo, lo bastante
para vernos en esa onda de ola, para el paso
con que se salta a ella ―y ¿dónde se alzaría el umbral?―,
pero podemos, con temblor incluso, demorarnos,
darnos tiempo a retomar la calma, esa, que no espera
nada del tránsito, salvo desahuciarse de él.
Aquí, ni gramas ni arábigos sirven; hay que dar(se) (a) amor.
vamos, en tránsito, de un vuelo a otro, que nos
deja sólo un poco más allá. Nada son
en esa inmensidad de nebulosas y galaxias
unos quilómetros nuestros. Llegamos al fin,
también de paso, sin que arribe nunca al pleno
el yo y el hay, espacios tan sólo en apariencia
distintos, cambios de lugar. Diríase
que nos trasiega siempre el mismo día, y que no es,
lo afuera, vergel ninguno de Edén. Quizás
sólo sumergirnos en el dentro mar
de olas y sales vivas, dejarnos nutrir por sus aguas,
deviniera al fin sustantivado puerto,
aun si el verbo no pueda reposarse en él y asalten,
los monstruos, con alevosía, el soñar del que duerme
y el del que vela. La elasticidad de quien con nombre vive,
no da de sí, a menudo, lo bastante
para vernos en esa onda de ola, para el paso
con que se salta a ella ―y ¿dónde se alzaría el umbral?―,
pero podemos, con temblor incluso, demorarnos,
darnos tiempo a retomar la calma, esa, que no espera
nada del tránsito, salvo desahuciarse de él.
Aquí, ni gramas ni arábigos sirven; hay que dar(se) (a) amor.
Mar III, Josep Guinovart
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