Todo está aquí, se
ofrece
a nuestros ojos en su permanente
ser. ¿Lo es? A lo invisible
miramos. Abrir bien los ojos, hundirse
en ellos, y con ellos entrar en ese no verse
detrás, debajo, más allá o entretejido
en el grano finísimo que detiene y resiste
al tacto; es cierto, los dedos ven,
el ojo canta. No perfora
la palabra otra, ni ésta lo perfora a él,
pero abre una brecha
por la que penetra o se insinúa
un desierto de inmensidad poblado,
que solicitud y otro identifican
como el centro donde se suelve amor
en lo vasto de un tú y un yo, en el nosotros,
traducido más que nacido a la lengua del ángel.
a nuestros ojos en su permanente
ser. ¿Lo es? A lo invisible
miramos. Abrir bien los ojos, hundirse
en ellos, y con ellos entrar en ese no verse
detrás, debajo, más allá o entretejido
en el grano finísimo que detiene y resiste
al tacto; es cierto, los dedos ven,
el ojo canta. No perfora
la palabra otra, ni ésta lo perfora a él,
pero abre una brecha
por la que penetra o se insinúa
un desierto de inmensidad poblado,
que solicitud y otro identifican
como el centro donde se suelve amor
en lo vasto de un tú y un yo, en el nosotros,
traducido más que nacido a la lengua del ángel.
Mujer ángel. Graciela Iturbide
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