Quedamos en algún
punto entre el desierto y el solar del dátil. Tiende, la palabra, esos efímeros
aun si resonadores puentes por donde transitan los yos exhaustos o en los
bordes de si: siete veces siete vienen los soles a revelar la arena; siete veces
siete la cubre lo umbrío en los
repliegues de su luz. Ahora y aquí, nos entramos en estos tú, momentáneamente
ahí, por los ojos, que ya no son como ascuas, sino remotos huecos de
alborozados tiempos, ayer o anteayer o nunca: la certeza del recuerdo la fija
sólo lo inmune hecho trizas del deseo de hoy, o el duelo del que hubo de morir al
poco de nacer. Pareciera no haber nada, en nuestro discurrir exiguo como
alientos vivos, superior en hermosura al quebrarse visible de esos seres que
siempre estuvieron sobre el abismo ya. Mas, los sus ojos están ahí, a escasos
centímetros de los tuyos: podrías con el
diente empezar a morderlos si no fuera por el mero formulario surrealista del
gesto, que no desnuda verdad ni la acerca, pues no se devoran los cuerpos a la
manera del ansia: habría de hendir el
pecho el duro pedernal de ser necesario y ofrecérselo al otro, para que se
confundan las sangres en una autopista abierta de roja infinitud. De esto
hablaba Stockhausen mientras se debatía con las vísceras a cielo abierto del
piano.
El profeta, Pau Gargallo
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