Hubo, se dice, en
el primer instante,
una sin medida deflagración
retumbándose de sí misma
―habría además y hay, algo así
como un, casi no siendo, cambio de densidad
en el tan sutil como imponderable abrirse
del espaciotiempo sobre la nada,
un no afecto que sin embargo pesa.
Después, fuese el silencio total,
mas de tan grávido yugo,
que decidióse Dios a embridarlo en fines
con labios de palabra.
Sucede que, los semejantes de hoy, habilitamos
cantidades sin freno de furia y ruido
y desguardo y de pavores y falos,
nada que calle por breve que fuera el tiempo:
hízose uno el silencio con el rastrojo y huyó.
¿Cómo serán oídos los gritos y las lágrimas secadas?
una sin medida deflagración
retumbándose de sí misma
―habría además y hay, algo así
como un, casi no siendo, cambio de densidad
en el tan sutil como imponderable abrirse
del espaciotiempo sobre la nada,
un no afecto que sin embargo pesa.
Después, fuese el silencio total,
mas de tan grávido yugo,
que decidióse Dios a embridarlo en fines
con labios de palabra.
Sucede que, los semejantes de hoy, habilitamos
cantidades sin freno de furia y ruido
y desguardo y de pavores y falos,
nada que calle por breve que fuera el tiempo:
hízose uno el silencio con el rastrojo y huyó.
¿Cómo serán oídos los gritos y las lágrimas secadas?
Desconsol, Josep Llimona
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