Son, éstas,
calles chicas, callejas
o hasta pasajes, a menudo subidas que duelen
de ascensión al Reino, entre descensos
en demasía suaves. ¿A qué
recorrerlos al diario uso, ese mover y moverse
sin reposo habido, el no ver sino sólo
el cambio de uno u otro atril, el ágil auriga
que excita hasta la muerte
al sin deseo equino? Vagamos, letargo
vivo en alveolos de aire. Algo se perdió, no únicamente
esa mano cerca, la piel hecha labio o seno
o pezón donde se aferra amor ―óleo
de mortal deseo que empuja hasta el abismo
al tiempo―, más, se perdió mucho más
en la deriva, se desamortizó lo ciego, embarrancó
la aguja que orientaba andar, tornó humo
el saber de qué había ahí, en cada día
de furor frío, ese dentro, más allá,
detrás, encima o por debajo del no ver el ojo de mirar,
y no lo que cualquiera ve por natura, nada
de cuanto en la sombra iluminada de lo que vive
habita: el agua en vuelo, la ubre de piedrecitas y ceras,
los navíos inmensos de lapislázuli olor.
o hasta pasajes, a menudo subidas que duelen
de ascensión al Reino, entre descensos
en demasía suaves. ¿A qué
recorrerlos al diario uso, ese mover y moverse
sin reposo habido, el no ver sino sólo
el cambio de uno u otro atril, el ágil auriga
que excita hasta la muerte
al sin deseo equino? Vagamos, letargo
vivo en alveolos de aire. Algo se perdió, no únicamente
esa mano cerca, la piel hecha labio o seno
o pezón donde se aferra amor ―óleo
de mortal deseo que empuja hasta el abismo
al tiempo―, más, se perdió mucho más
en la deriva, se desamortizó lo ciego, embarrancó
la aguja que orientaba andar, tornó humo
el saber de qué había ahí, en cada día
de furor frío, ese dentro, más allá,
detrás, encima o por debajo del no ver el ojo de mirar,
y no lo que cualquiera ve por natura, nada
de cuanto en la sombra iluminada de lo que vive
habita: el agua en vuelo, la ubre de piedrecitas y ceras,
los navíos inmensos de lapislázuli olor.
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