(En la Fundació
Tàpies de Barcelona el visitante se encuentra con una obra consistente en un
gran calcetín ―3 metros, pero pensada para 19 metros en su momento, que
polémicas de ignorancia dejaron pasar― agujereado y sucio, representativo de su
aprecio por lo a ras de suelo ―además de matérico se ha dicho, menudo
palabro―, aunque con poca aparente referencia al informalismo del que se le
considera esencial parte, especie de mezcla de mística propia y universalidad
dada, que denota el conjunto de su obra.)
Vienen con
nosotros de fábrica, dos
pábilos irisados que nos permiten revolotear
y ver. ¿Qué vemos? Lo bello a veces
no lo es. Lo monstruoso, en ocasiones
―Goya o Celine―, nos aniquila
de dinamitante o hermosísimo horror.
Hay en cada ser humano lastres cuyo peso
a veces los deviene plomo: ven,
pero no miran, acólitos de una invidencia mortal,
supervivientes de lo que, inmediato,
se abaja a oxígeno al respirar.
Constelaciones de belleza no bastan
a saturar los mundos que podrían, quizás,
habitarnos dentro: requieren
que esté el otro ahí, levándonos el plomo, dándonos
a ver que no hay llama sin una mano que nos prenda fuego.
Somos calcetines, con agujeros para que se pueda
entrar o salir estando abiertos.
pábilos irisados que nos permiten revolotear
y ver. ¿Qué vemos? Lo bello a veces
no lo es. Lo monstruoso, en ocasiones
―Goya o Celine―, nos aniquila
de dinamitante o hermosísimo horror.
Hay en cada ser humano lastres cuyo peso
a veces los deviene plomo: ven,
pero no miran, acólitos de una invidencia mortal,
supervivientes de lo que, inmediato,
se abaja a oxígeno al respirar.
Constelaciones de belleza no bastan
a saturar los mundos que podrían, quizás,
habitarnos dentro: requieren
que esté el otro ahí, levándonos el plomo, dándonos
a ver que no hay llama sin una mano que nos prenda fuego.
Somos calcetines, con agujeros para que se pueda
entrar o salir estando abiertos.
No comments:
Post a Comment