Podríamos, lugar cualquiera
es bueno, hablar del sufrimiento,
ahora, aquí. No del dolor
de un cuerpo, su encogerse abrupto,
durable a veces, el agudo grito
que da. Éste
es el carámbano del que nos deshacemos
con el sudor de la molécula
o el filo mudo del ejecutor. Del otro
hablamos, del que padece un humano ser
por obra de otro, un viviente por mano
de quien es su igual o debiera
serlo. Tampoco del sufrir de hoy,
pues a éste podríamos ponerle fin
si propósito hubiera.
Hablamos de la pasión injusta
que orgasmos exacerbados de yos,
desoladoramente múltiples,
infligen a otros, en su inicuo tenerse en acto,
desde que lo vivo es vivo ―¿hubo
algún otero de femenina, luego más justa
humanidad?―, de tanta pues exacción
sobre la que lo envuelve vida.
Algo divino estaría aquí en falta:
la imposible posibilidad de una palabra última
que hiciera
justicia al acumulado horror.
¿Pero cabría en qué boca tanto poder oral?
Todo lo que puede
oírse, calla.
es bueno, hablar del sufrimiento,
ahora, aquí. No del dolor
de un cuerpo, su encogerse abrupto,
durable a veces, el agudo grito
que da. Éste
es el carámbano del que nos deshacemos
con el sudor de la molécula
o el filo mudo del ejecutor. Del otro
hablamos, del que padece un humano ser
por obra de otro, un viviente por mano
de quien es su igual o debiera
serlo. Tampoco del sufrir de hoy,
pues a éste podríamos ponerle fin
si propósito hubiera.
Hablamos de la pasión injusta
que orgasmos exacerbados de yos,
desoladoramente múltiples,
infligen a otros, en su inicuo tenerse en acto,
desde que lo vivo es vivo ―¿hubo
algún otero de femenina, luego más justa
humanidad?―, de tanta pues exacción
sobre la que lo envuelve vida.
Algo divino estaría aquí en falta:
la imposible posibilidad de una palabra última
¿Pero cabría en qué boca tanto poder oral?
El juicio final, de Michelangelo
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