No es muy alta
esta tierra,
pero se ve el mar
abajo, extenso,
dicen al menos los
elevados ojos en su,
aunque amplio,
limitado ver: no ven
todo lo que
adivinan, incluso
siéndonos
hermosamente útiles para vernos
tú y yo, los
otros, ese otro
que de mi me
arranca e inquiere:
¿dónde mirabas?,
cuando me sumergían
desespero y
pruebas y soledad y hambres
hacían de mí el nulo
equipaje de mano
por el que la
culpa tributa o al que la muerte acecha
sin que mano ninguna
venga ―no fuera ello
en menoscabo de
glorias― a dársele.
Y callas, y sientes
que en lo oscuro
algo de casi
sabor dulce sube
por el solo oleaje
que todo mar trasciende
y dice y hasta aúlla:
sal, sal, toda el agua cuenta.
(Ríos ancestrales, de Alejandro Escribano)
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