El estanque es
pequeño, ni el señor
de los vientos podría levantarle el agua.
Ésta, al parecer, es la paz
a la que una vida aspira al decir de tantos,
no por el cuerpo mismo del agua,
sino por lo que el agua salpica,
basta, para ello, someterse a lo liviano
de las altas presiones de un mundo
en permanente vela. Más allá,
es de suponer, se extendería el terror,
su reino de no saber, aun si
con luces presentidas, lejos. Luego callar,
no decir, con el sentido, palabra,
o con ella haberlo. Vienen,
las palabras, cargadas. Son, cuando la verdad
es sueño, la primera puerta a abrir,
la del espanto, su quedar atrás. Después,
puede que suban y nos sumerjan las aguas.
de los vientos podría levantarle el agua.
Ésta, al parecer, es la paz
a la que una vida aspira al decir de tantos,
no por el cuerpo mismo del agua,
sino por lo que el agua salpica,
basta, para ello, someterse a lo liviano
de las altas presiones de un mundo
en permanente vela. Más allá,
es de suponer, se extendería el terror,
su reino de no saber, aun si
con luces presentidas, lejos. Luego callar,
no decir, con el sentido, palabra,
o con ella haberlo. Vienen,
las palabras, cargadas. Son, cuando la verdad
es sueño, la primera puerta a abrir,
la del espanto, su quedar atrás. Después,
puede que suban y nos sumerjan las aguas.
El caminante sobre el mar de nubes, C. D. Friedrich
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